De chicos, nuestros dioses eran simples: no tenía que crear un universo, liderar una nación, o inaugurar una nueva era científica. Solo había una condición: la de que nosotros mismos creyéramos firmemente que nuestro elegido era el mejor en lo único que realmente importaba, que era, en nuestro vernáculo generacional, jugar a la pelota.
Hoy encontré a Dios en las redes sociales, y le mandé un recuerdo. Y Dios me contestó. Nunca más lavaré mi teclado, en el que inscribí mi saludo, ni la pantalla que me mostró su respuesta. Y si me apuran, las medias, calzoncillos, camiseta y pantalones que llevaba puestos.
Yo tuve la suerte de nacer hincha de Boca en un momento en que Boca ganaba casi siempre y jugaba casi siempre bien. Tanto así que ya no alcanzaba simplemente con ganar. Una victoria por la mínima diferencia, sin convencer frente a un equipo chico, te exponía a las cargadas de tus compañeros de colegio (y las inevitables «piñas» a la salida, que si bien en general terminaban en no más que empujones y pavoneos, no dejaban de popular tus pesadillas).
En ese Boca, había muchos grandes jugadores. Un arquero que nos dio un campeonato en la primera final frente a frente con las gallinas, atajándole un penal mítico a Delem, un tres que revolucionó la forma de jugar en esa posición, el cinco que se animo a sentarse en la alfombra de la reina… pero por sobre todos estaba el jugados más dotado y más inspirado que vi en toda mi vida: Ángel Clemente Rojas o, para los hinchas, Rojitas.
Ángel Clemente Rojas descalabraba defensas enteras con un quiebre de su cintura prodigiosa, le afanaba la gorra a Amadeo y metía los goles que salvaban clásicos y ganaban campeonatos.
He visto jugar, en orden de aparición, a Pelé, Cruyff, Houseman, Kempes, Bochini, Maradona, Ronaldo, Zidane, Ronaldinho, Messi y otros más o menos conocidos. Y en Hockey vi a Gretzky, Lemieux, Bure y muchos más; Jordan, Magic y los otros en básquet… Pero en todos mis años de ver deporte, Rojitas fue el único jugador que yo haya visto al que los defensor es hayan temido tanto, que en un partido memorable se negaban a salir a defenderlo.
Ocurrió un 26 de Febrero de 1968 en Mar del Plata, cuando Boca se encontró con San Lorenzo. Esa noche Rojitas jugó un partido comparable a las grandes gestas de la historia. Fue todos los guerreros de todas las leyendas que mataron dragones, vencieron ejércitos enteros, bloquearon míticos desfiladeros o retornaron con la cabeza de la Gorgona en su escudo.
Mis niñez no daba crédito a sus ojos, y quizás hubiera terminado desconfiando a mi recuerdos, si no fuera por mi padre, que habiendo compartido esa experiencia me ratificó que, en efecto, la gesta había ocurrido, y por haber esperado dos ansiosos días hasta que saliera el próximo «Asi es Boca» y verlo en todo claramente en sepia, en un titular que jamás olvidé: «La Noche Roja..s»
Cuando llegué a Canadá y empecé a mirar e interesarme por el hockey aprendí mucho acerca de mi mismo. Una de las cosas que aprendí mirando A Pavel Bure, es que yo amo los jugadores que se apoderan de «tu» partido, que te llevan al borde mismo de la silla con cada intervención, porque cuando aparecen, todo es posible. En los Canucks ese fué Bure, pero no tardé mucho en entender que, afectivamente, aún después de 20 años aún estoy buscando ver jugar a Rojitas nuevamente.

La Cocolisa, con este retrato de penurias, me (nos) conmueve íntima y personalmente, a través de un medio tan genérico, que de entrada nomás uno no sabe (sabemos) ni siquiera cuán personal es la nota.



Durante nuestra niñez, en los años sesenta, mi hermana y yo solíamos pasar, los fines de semana con nuestros abuelos. En realidad era solamente “El Abuelo”, Don Víctor, quien que se dedicaba a sacarnos de paseo los domingos por la mañana. Ahora, de mayor, empiezo a suponer que lo haría para que la abuela descansara… Primero íbamos «al parque», y después a visitar parientes y/o amantes. Cuando uno decía «el parque», hablaba o bien del Chacabuco (del viejo, intacto Chacabuco con sus fuentes y sus paseos inacabables, no de los retazos mutilados que nos han dejado los milicos) o del Olivera. Y si era el Olivera era para andar en el trencito.
Ayer murió Judith «grande», como la llamábamos para diferenciarla de Judith mi hermana, incluso después de que ésta última renunciara al Judicismo y se uniera a la Marina de guerra.
Fotos. Fotos. Fotos. Fotos que se transubstancian en memorias con la saliva del tiempo. En el parque el día que murió Marilyn, con los perros en la puerta del Ombú, en la terraza de casa – fotos de su depresión, viejas difuminadas, terribles fotos de una tristeza profunda – en todos los ambientes compartidos fotos, fotos de niñez, de adolescencia y después fotos ajenas – fotos de separación y distancia que cuelgan como apéndices de una relación que ha perdido su cotidianeidad.